Proporcionalidad y porcentajes · la calle
Tres cosas de esta pastelería se dicen en las salas y se demuestran aquí, en pocas líneas. Y una cuarta que no se demuestra porque no es matemática: es una advertencia.
Porque no es una cruz: son dos pasos. Cinco pasteles cuestan tres pesetas; para saber ocho, primero uno: tres entre cinco, sesenta céntimos. Luego ocho: sesenta por ocho, cuatro con ochenta. Las dos cuentas seguidas son «tres por ocho entre cinco», y eso es la cruz. La cruz es un atajo de los dos pasos, y solo vale cuando la proporción es directa: si fuera inversa, los pasos serían otros y la cruz saldría al revés. Por eso en el mostrador se enseñan los pasos antes que la cruz.
El precio entero es el 100 %. Se quita el 20 % y queda el 80 %. El 80 % de una cosa es la cosa por 80 entre 100, o sea por 0,8. Y subir el 20 % es llegar al 120 %: por 1,2. De ahí sale que dos rebajas seguidas no se suman: 10 → 8 → 9,60, porque el segundo 20 % es de ocho, no de diez. Y de ahí sale que para volver al precio de antes se divide entre 0,8, no se suma el 20 %: ocho entre 0,8 son diez; ocho más su 20 % son 9,60.
El 25 % es 25 de cada 100: la fracción 25/100. La fracción de una cantidad es la cantidad por el numerador entre el denominador, como en la ciudad de Liz: los tres cuartos de doce son doce por tres entre cuatro. Aquí el denominador es siempre cien, y por eso el tanto por ciento es la fracción de cantidad con otro nombre. Y como 25/100 es un cuarto, el 25 % de ocho es un cuarto de ocho: dos. Los atajos (la mitad, un cuarto, entre diez) son fracciones equivalentes.
La proporcionalidad inversa dice que si el trabajo se reparte de verdad, el doble de manos tarda la mitad. Pero el horno tarda lo que tarda, y una masa reposa lo que reposa: hay partes del trabajo que no se reparten. La inversa es un modelo, y antes de usarla hay que mirar si el trabajo se reparte. Eso no se demuestra: se dice, y en el horno se dice.
«Si cien rollos valen cuarenta libras, ¿cuánto valen cinco rollos?»
Leonardo de Pisa, Liber Abaci, 1202. El capítulo de la regla de tres, para los mercaderes.
Leonardo de Pisa, al que llaman Fibonacci, aprendió las cifras de los árabes en Bugía, donde su padre era aduanero, y en 1202 escribió el libro que las trajo a Europa. En él está la regla de tres con su nombre, la regola del tre, explicada para mercaderes que compraban paño en Pisa y lo vendían en Constantinopla: tres números que se conocen y uno que se busca. Y de esos mismos mercaderes viene el «per cento», que se abrevió a «p c°», luego a una «p» con un rabo y dos ceros, y de ahí el signo %. Nicoleta lo hace pasando por la unidad, como siempre; aquí se ve cómo lo hacía Leonardo.
Esta sala se ha abierto porque alguien ha escrito «fibonacci», o ha tocado tres veces la etiqueta. No sale en el índice.
Para el aula y para cada aparato
Lo hecho en esta sesión, a máquina, para llevárselo